LA SOMBRA DEL TRONO
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Entrevista El placer de la lectura

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Preguntas y respuestas

Cierras los ojos y aparece el universo Aureth. ¿Qué ves? ¿Qué significa en tu creación literaria?

Veo bruma. No niebla decorativa, sino una bruma que respira, que se pega a las piernas y sube por los postes como si el mundo entero estuviera aguantando la respiración. Veo un trono vacío que, aunque lleva siglos sin dueño, sigue esperando un cuerpo. Y veo a un grupo de huérfanos durmiendo apretados en una casa que no debería seguir en pie, porque para mí Aureth nace ahí: no en los dioses ni en las guerras antiguas, sino en la gente pequeña que tiene que sobrevivir a las decisiones que tomaron los grandes. Aureth significa eso para mí como creador: un mundo donde la épica y la intimidad no compiten, sino que se necesitan la una a la otra.

¿Qué cuentas en tu novela “La sombra del trono” y qué representa dentro del universo de Aureth?

"'La sombra del trono' cuenta la historia de Runar, el mayor de quince huérfanos que sobreviven en una casa envuelta en bruma, marcado por algo que él no eligió: es una 'excepción', alguien que el Velo — la frontera que los dioses levantaron entre el mundo mortal y ellos mismos tras la Guerra de los Quince — no sabe cómo tratar. Eso lo convierte en presa. Mientras huye y protege a los suyos, algo lleva siglos esperándolo sentado en un trono que nadie debía ocupar nunca. En paralelo, sigo a Eira, que carga con su propia guerra: perseguida, ligada a un pacto divino, protegida por una criatura que no siempre puede protegerla. Dentro del universo de Aureth, esta novela es el Libro I de una trilogía ('El Trino'), y su función es sentar la herida original: la traición de un dios, la Guerra de los Quince, el nacimiento del Velo. Todo lo que hoy persigue a Runar y a Eira es la consecuencia directa de una decisión que tomaron los dioses hace siglos y de la que nadie les pidió permiso. Por eso el título: la sombra no es solo la que ocupa el trono, es la herencia que cae sobre quienes no la eligieron.

“La sombra del trono. El trino, Libro I”. Es tu primera novela y de entrada propones la creación de un mundo de fantasía épica y oscura. ¿Este es un punto de partida de un proyecto literario que tendrá una secuencia?

Sí, totalmente. 'La sombra del trono' es el Libro I de 'El Trino', pero en realidad es solo la puerta de entrada a una saga de siete libros que ya tengo completamente planificada de principio a fin. Sé exactamente dónde empieza Runar, sé exactamente dónde termina la historia dentro de veinte años, y sé cada parada intermedia: quién muere, quién cambia de bando, quién descubre qué verdad y cuándo. De hecho, ya tengo escrito el último capítulo del último libro. Sé exactamente cómo termina esta historia, con qué imagen, con qué frase y con qué emoción quiero dejar al lector cuando cierre el séptimo libro. Todo lo que escribo desde el Libro I hasta ahí es, en el fondo, el camino hacia esa escena que ya existe. Lo que planteo en este primer libro —un chico perseguido, un mundo que decide antes que él quién debe ser, una sombra que lo espera sentada en un trono vacío— es la semilla de todo lo que viene después. No quería escribir solo 'un libro de fantasía con posibles secuelas'; quería construir un recorrido completo, con la caída y la redención de mi protagonista ya decididas desde el principio, para que cada pista que siembro en el Libro I tenga una razón de ser seis libros más tarde. Así que sí: esto es solo el principio. Y va a doler más de lo que promete el primer libro.

¿Qué papel juegan los dioses en tu historia?

Los dioses en 'La sombra del trono' no son figuras lejanas que bendicen o castigan desde el cielo: son catorce presencias que en su día tuvieron que decidir sobre algo que no sabían gestionar —un poder capaz de deshacer el equilibrio del mundo— y que se equivocaron. Esa decisión, tomada en un concilio hace siglos, es la herida de la que nace todo lo demás: el Velo que separa a los mortales de lo divino, la Guerra de los Quince, y un dios que rompió las reglas y todavía hoy sigue actuando desde las sombras. Me interesaba que los dioses no fueran omnipotentes ni infalibles, sino personajes con desacuerdos, con miedo, con culpa. Se retiraron del mundo mortal no por desinterés, sino porque comprendieron que quedarse podía ser peor que marcharse. Y esa retirada tiene un precio que los humanos siguen pagando generaciones después, sin saber muy bien por qué. A lo largo de la historia, algunos de esos dioses van a dejar de ser una leyenda distante para intervenir de forma muy concreta y muy humana en la vida de mis personajes —a veces protegiendo, a veces atando destinos con pactos que no se pueden romper—. Y a medida que avanza la saga, se vuelve cada vez más difícil distinguir dónde termina la voluntad de un dios y dónde empieza la de un mortal que ha empezado a parecerse demasiado a uno.

La Guerra de los Quince, las heridas se abren con mayor intensidad. ¿Lo que no sana termina por regresar?

Sí, y es una de las ideas centrales del libro. La Guerra de los Quince dejó heridas literales en el mundo —Cicatrices que todavía hoy se pueden visitar, lugares donde la tierra recuerda el golpe aunque hayan pasado siglos— y heridas invisibles: miedo institucionalizado, mentiras convertidas en historia oficial, un trono que se dejó vacío como advertencia y que, precisamente por estar vacío, sigue esperando que alguien lo ocupe. Creo firmemente en que lo que no se cierra bien no desaparece, se transforma y espera. Un dios que se creía derrotado, un niño que carga con una herencia que no eligió, un mundo que decidió que la mejor manera de gestionar el trauma era enterrarlo bajo reglas y silencio: todo eso son formas distintas de la misma negación. Y las negaciones, tarde o temprano, cobran factura. Por eso el título no es casual. La sombra del trono no es solo una presencia sobrenatural: es literalmente lo que queda cuando decides no sanar una herida del todo, solo taparla con ceremonia y silencio. Y lo que se tapa así, vuelve. Siempre vuelve, y suele hacerlo más fuerte que la primera vez, porque ha tenido siglos para aprender a esperar.

¿Quiénes son los personajes que integran la novela?

Runar Larronag — Es el mayor de quince huérfanos y ha aprendido a vivir con un oído puesto en el pasillo, atento al gemido a destiempo, al silencio que dura demasiado. No es disciplinado por vocación, sino por necesidad: alguien tenía que serlo. Lleva encima el peso de una máscara —la sonrisa automática que pone al despertar para que los pequeños no vean el miedo— y una herida que no elige: algo en él no encaja en las reglas del mundo, algo que otros llaman "Vacío" con el alivio de quien por fin tiene una palabra útil para señalar lo que no entiende. A lo largo del libro empieza a intuir que esa "anomalía" no es un defecto, sino una atadura a algo mucho más antiguo que él —un trono, una sombra que lleva siglos esperándolo y que sabe exactamente dónde tocar para hacerle dudar de quién es. Eira — Corre en paralelo a Runar sin que, al principio, sepan que están corriendo la misma carrera. Está atada por un contrato a una fuerza divina que la protege desde la distancia, lo cual la convierte en algo entre bendecida y marcada: la protección tiene condiciones, y las condiciones tienen precio. Es más instintiva que Runar, más acostumbrada a moverse en el peligro que a esconderse de él. Su historia empieza a apuntar hacia algo mayor que ella misma —un papel dentro de una profecía antigua que todavía no comprende del todo, y que la coloca, sin que ella lo busque, en un lugar simétrico al de Runar. Nemor — Es la voz que mezcla ironía y devoción en la novela: fue atado a Eira por un pacto divino con la orden de protegerla, y vive ese vínculo no como un don, sino como una deuda imposible de saldar del todo. Cuando falla, no se perdona; cuando acierta, no se lo cree del todo tampoco. Aporta algo de humor negro y de calidez doméstica en un mundo que, por lo demás, no da tregua, y su lealtad a Eira —incondicional, casi obstinada— es uno de los pocos puntos fijos en la tormenta del libro. Juntos, Runar, Eira y Nemor dibujan las dos caras de una misma pregunta: ¿qué haces cuando el mundo decide, antes que tú, quién vas a ser?

¿Quién era Unai Arroita antes de fantasear este universo?

Antes de fantasear con Aureth, Unai Arroita era —y sigue siendo— sobre todo deporte. Desde muy joven asumí la selección de Euskadi de taekwondo, y con solo 16 años ya era entrenador del club más grande de Euskadi. Cargos que llegaron pronto, antes de tener la certeza de estar a la altura de lo que se esperaba de mí. Y creo que ahí hay un paralelismo que no busqué a propósito pero que reconozco ahora: a Runar también le cae encima una responsabilidad para la que nadie le preguntó si estaba preparado, y tiene que aprender sobre la marcha, a base de errores, a sostenerla. Hoy sigo siendo esa persona disciplinada: me levanto a las 4:30 de la mañana y voy encantado a trabajar, porque me gusta lo que hago. Escribir 'La sombra del trono' no fue un cambio de vida, fue más bien una extensión de la misma disciplina que aplico al deporte, aplicada esta vez a construir un mundo entero en vez de a formar deportistas.

¿Y cómo surge la idea de crear este mundo épico?

La idea surgió sin pretensiones. Antes de escribir la novela, dedicaba mis ratos libres a dibujar y a escribir textos breves —pensamientos, escenas sueltas, historias de una página que muchas veces terminaba borrando—. Con el tiempo me di cuenta de que esos fragmentos aparentemente inconexos compartían algo: mundos de fantasía, poderes sobrenaturales, personajes enfrentados a decisiones difíciles. La idea inicial era escribir una historia de cincuenta o sesenta páginas, nada más. Pero cada vez que avanzaba aparecía una puerta nueva. Además, coincidió con una etapa personal complicada, y escribir se convirtió en un refugio: un sitio al que desconectar y donde, por una vez, podía construir un mundo que sí entendía del todo. Los personajes empezaron a pedir pasado. Las ciudades empezaron a pedir cultura. Cada decisión que tomaba abría una consecuencia nueva, así que tuve que parar de escribir la historia en sí para construir primero los continentes, las ciudades, las religiones, las instituciones, las criaturas... todo lo que sostiene la saga. Lo que iba a ser un cuento de cincuenta páginas terminó siendo el primer libro de una saga de siete.

¿La realidad necesita de la fantasía para despertar?

Creo que sí, aunque suene paradójico. La fantasía no es una huida de la realidad: es una forma de mirarla desde un ángulo donde duele menos y, por eso mismo, se ve mejor. Cuando hablo de un chico que no elige la herencia que carga, de instituciones que deciden quién es peligroso antes de preguntarle, de heridas que se tapan en vez de sanarse porque es más cómodo... no estoy hablando solo de Aureth. Estoy hablando de aquí. La fantasía te da permiso para nombrar cosas que, dichas directamente, uno mismo evitaría escuchar. Un dragón, un dios, un trono vacío son máscaras que dejan pasar verdades incómodas sin que el lector —ni el propio autor— tenga que mirarlas de frente todavía. Y ahí está el despertar: no en escapar de la realidad, sino en volver a ella con los ojos un poco más abiertos, habiendo entrenado la mirada en un mundo que no era el nuestro, pero que hablaba exactamente de nosotros

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